CAZADORES DE FLORES

© Jaime Alejandre, 2026

Sí, como anunciaba en mi primera postal enviada desde Japón a España, uno de los rasgos distintivos de la identidad cultural nipona es su amor y veneración por la naturaleza. Algo que está incardinado en su creencia ancestral, el sintoísmo. Destaca en esto la pasión por tomar fotografías de árboles, flores y paisajes.

Los fines de semana encontrarás pacíficos ejércitos armados apenas con cámaras fotográficas; sensibles inmensas batidas de caza de imágenes respetando hasta la unción el milagro de la naturaleza.

En cualquiera de los inigualables parques japoneses. Por citar apenas tres: el Jardín Botánico Koishikawa en Tokio; el Ritsurin de Takamatsu; o el castillo de Hirosaki en Aomori.




Así, por cierto, no es de extrañar que en un país cuyo pueblo venera sus campos, apenas haya incendios en los montes. Y eso que, por sorprendente que parezca, el Japón más auténtico no es el del cruce de Shibuya, sino el de infinitos bosques. El 73% del territorio insular japonés es montañoso. Más que Suecia o Finlandia. Japón, el paraíso del senderista.
 
Por ello, no es de extrañar que una de las atracciones turísticas más famosa de Japón en el extranjero (además de los templos de Kyoto, el sushi y la estampa del Fuji), sea la floración de los cerezos (marzo-abril).
 
Pero Japón es un país excesivo en todo, especialmente en la belleza y la armonía. Así que cualquier momento del año invita a recorrer sus calles, templos, caminos y jardines.

Febrero con los primeros brotes de ciruelos. Abril con sus exuberantes azaleas y las desmayadas glicinias. Junio para que el corazón se te abra de espiritualidad en los templos de Kamakura, ocupados por una sobrecogedora legión de hortensias multicolores. Los lirios de julio, que llevan adornando los biombos y las pinturas de las puertas correderas de cuartos y armarios japoneses (fusuma) desde hace más de mil años (véase el Museo Nezu en Tokyo). Los embriagadores campos de flores y girasoles de Biei (Hokkaido). Los imperiales crisantemos de noviembre, los narcisos de diciembre… (https://www.japan.travel/en/see-and-do/flowers/)

Pero, para mí, nada como el momiji de otoño, cuando los bosques de arces se convierten en una acuarela cambiante del verde al rojo y al amarillo y ocre en un espectáculo que corta la respiración.

No es de extrañar que otra de las artes tradicionales genuinamente japonesas sea el ikebana, los arreglos florales. Otra experiencia que debe realizar el que quiera adentrarse en la profunda cultura del País del Sol Naciente.

Y para ello, por qué no empezar ya a programarse un vuelo para la GREENxEXPO Yokohama 2027 (marzo-septiembre), con su objetivo de “promover la horticultura, la sostenibilidad y la armonía con la naturaleza mediante la exhibición de modelos de vida ecológica que contribuyan a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y a la creación de una sociedad más feliz”.
 
Ahí es nada. Puro japonismo.
https://expo2027yokohama.or.jp/







Remitente: Jaime Alejandre, escritor y viajero, vive en Japón desde 2020

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