JAPÓN MÁS ALLÁ DEL MANGA Y EL ANIME

© Jaime Alejandre, 2026
 
Salgo temprano a pasear por mi barrio de Kanazawa-Hakkei (Prefectura de Kanagawa, a una hora al sur del centro de Tokyo en tren). Por extraño que parezca, resulta que hoy tampoco me he cruzado en la calle ni con Shōtarō Kaneda ni con Tetsuo Shima, los famosos personajes de Akira, del mangaka Katsuhiro Otomo (también los más conocidos en su versión cinematográfica de anime). Recorro las esquinas en busca de Astro Boy o al menos de Black Jack, del dios (kami) del cómic japonés, Osamu Tezuka.
 
Pero nada. En los callejones solo encuentro gente normal (aunque parecen tener extraordinarios super poderes, porque no tiran papeles al suelo, pueden ir en el autobús sin dar voces por el móvil y te saludan educadamente al cruzarse contigo).
 
Héroes galácticos, ni uno solo. Y ningún español me cree. Claro, que tampoco en todos mis años en España me encontré en el Metro a Mortadelo y Filemón. Así soy yo de descuidado.
 
Pero resulta que, además del fascinante mundo japonés del anime y el manga, que me encanta, todo sea dicho, hay vida japonesa más allá. Decenas de otras cosas de la cultura y la vida diaria nipona que merecen tanta atención. Y que sí pueden acompañar e iluminar al que quiera conocer la compleja y completa realidad del archipiélago, ya sea viajero, seguidor del cine japonés o solo avispado lector.
 
De estas otras expresiones de la vida y la cultura japonesas me gustaría hablar de vez en cuando en estas postales. 
Hablar de las artes audiovisuales más actuales, como el Butō, conviviendo con aquel otro teatro clásico que pervive con renovado dinamismo, como el . Hablar de los festivales (matsuri) profanos y sagrados a un mismo tiempo. De la pasión nipona por la caza, pero no la de matar gratuitamente animales salvajes, sino la cetrería de imágenes de flores, instantáneas de belleza efímera y resiliente a la vez.
Acaso así consiga transmitir a mis compatriotas españoles la estremecedora inmensidad de la cultura japonesa y mi amor por ella. Empezando por su lengua, la más bella de cuantas conozco. Y así poner mi granito de arena para combatir cosas como esto que ahora comento.
 
Porque, como digo, sorprendentemente, me encuentro a un buen puñado de adolescentes enamorados solo y exclusivamente de una pequeña parte del inmenso y extraordinario Japón, la del mundo de las viñetas ilustradas.
Y además resulta que se creen que pueden aprender japonés viendo anime y leyendo manga. En fin, el resultado es parecido al de hablar inglés como lo hace el Pato Donald. Y lo dice alguien que hace cincuenta años pensó que podría “estudiar” inglés solo cantando a Bob Dylan. Hasta que descubrí que hablaba en los aeropuertos y los restaurantes del ancho mundo como un pobre pedante. Me entendían lo justo y acababan por decirme, “sorry, pal, ¿por qué hablas en verso?”.
 

Bueno, dejo enviada ya esta primera postal, prometiendo otras más adelante. Y vuelvo a mis calles japonesas. A ver si por fin tengo suerte y me encuentro al Doraemon de verdad. O al menos a algunos de los personajes de Ghibli, como el de la foto.
Todo es posible en el País del Sol Naciente.


Remitente: 
Jaime Alejandre, escritor y viajero, vive en Japón desde 2020
 

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